1. Mi lista de música clásica favorita

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    Nueve piezas de música clásica que siempre me han acompañado: Bach, Mozart, Grieg, Pachelbel, Rossini y Offenbach, para escuchar una tras otra.

  2. Presencia sin opinión

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    Hay un reflejo muy común cuando alguien cercano cuenta algo con lo que está luchando, algo que le cuesta sobrellevar: antes de que termine, ya tenemos lista una respuesta.

    Un consejo, un “no te preocupes”, un “no es para tanto” o un “a mí me pasó algo parecido y así lo resolví”. No es mala fe; es que ver a alguien mal incomoda y queremos que se le pase rápido. El problema es el efecto que tiene.

    La otra persona asiente, dice “sí, tienes razón” y cambia de tema. Habló, pero no se fue con la sensación de que la escucharon.

    Y probablemente es porque nadie cuenta un problema para que le den instrucciones. Lo cuenta para no cargarlo solo un rato.

    Escuchar de verdad es más simple de lo que parece, aunque cuesta.

    Es aguantar el silencio cuando el otro termina de hablar, en vez de llenarlo de inmediato.

    Es devolverle, con palabras propias, lo que acaba de decir, para que sepa que se le entendió.

    Es preguntar cómo está con lo que pasó, no por qué no hizo tal o cual cosa.

    Y, sobre todo, es notar cuándo aparecen las ganas de opinar, porque casi siempre nacen de la incomodidad propia y no de algo que el otro necesite.

    Cuando se logra contener ese impulso, pasa algo que sorprende: la persona encuentra su propia respuesta.

    No necesitaba una opinión. Necesitaba a alguien que se quedara a su lado mientras la encontraba.

  3. Pensó en el error antes de que ocurriera

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    Me acabo de enterar de que Margaret Hamilton murió el 30 de septiembre, a los 90 años. Quizá el nombre no les diga nada, pero seguro han visto la foto: una mujer joven, de pie junto a una pila de “libros” casi tan alta como ella.

    Yo también creí durante años que eran libros. Son listados de código: el software de vuelo que ella y su equipo escribieron en el MIT para el programa Apolo, el mismo que llevó al Apolo 11 a la Luna.

    Lo que más me impresiona no es la foto, sino lo que había detrás. En los sesenta nadie llamaba “ingeniería” a escribir software. Ella fue de las primeras en usar el término, lo defendió con rigor y dedicó el resto de su carrera a convertirlo en una disciplina con nombre propio. Y lo hizo mientras sacaba adelante el proyecto con una hija de cuatro años que a veces dormía en el laboratorio.

    Su obsesión no era solo que el código funcionara, sino que supiera fallar bien. Gracias a eso, cuando la computadora se saturó minutos antes del alunizaje, el sistema priorizó lo esencial y Armstrong pudo aterrizar. Pensó en el error antes de que ocurriera, cuando a muchos les parecía preocuparse de más.

    Gracias, Margaret