Presencia sin opinión

Hay un reflejo muy común cuando alguien cercano cuenta algo con lo que está luchando, algo que le cuesta sobrellevar: antes de que termine, ya tenemos lista una respuesta.

Un consejo, un “no te preocupes”, un “no es para tanto” o un “a mí me pasó algo parecido y así lo resolví”. No es mala fe; es que ver a alguien mal incomoda y queremos que se le pase rápido. El problema es el efecto que tiene.

La otra persona asiente, dice “sí, tienes razón” y cambia de tema. Habló, pero no se fue con la sensación de que la escucharon.

Y probablemente es porque nadie cuenta un problema para que le den instrucciones. Lo cuenta para no cargarlo solo un rato.

Escuchar de verdad es más simple de lo que parece, aunque cuesta.

Es aguantar el silencio cuando el otro termina de hablar, en vez de llenarlo de inmediato.

Es devolverle, con palabras propias, lo que acaba de decir, para que sepa que se le entendió.

Es preguntar cómo está con lo que pasó, no por qué no hizo tal o cual cosa.

Y, sobre todo, es notar cuándo aparecen las ganas de opinar, porque casi siempre nacen de la incomodidad propia y no de algo que el otro necesite.

Cuando se logra contener ese impulso, pasa algo que sorprende: la persona encuentra su propia respuesta.

No necesitaba una opinión. Necesitaba a alguien que se quedara a su lado mientras la encontraba.

  1. La empatía reside en la habilidad de estar presente sin opinión. - Marshall Rosenberg